Animal de asfalto

 

Se sentó en la silla, heredada de su madre, y apoyados sus codos sobre el escritorio, con la barbilla sobre una de sus manos, miró a través de la ventana.

Pasó unos minutos contemplando los campos de verdes trigales, mientras una bandada de aves surcaba el cielo perfectamente alienadas en uve cual escuadrón de aviones. A lo lejos, se vislumbraba un rebaño de ovejas, el pastor sentado en lo alto de una pequeña loma parecía estar en sus minutos de almuerzo.

Ya con la ventana abierta, le envolvió una suave brisa, cerró los ojos por unos instantes, respiró profundamente y miró su cuaderno; no sabía de qué escribir, qué contar. Llevaba una temporada con mucha paz en su vida; el amor también le acompañaba. Parecía como si necesitara algún tipo de convulsión interna o externa, para plasmar sus pensamientos en el papel.

Corrían tiempos de incertidumbre, el futuro no parecía muy halagüeño, pero parecía abstraído de todo, su nivel de empatía estaba muy bajo.”Esto no puede seguir así” pensaba, “No puedo ser tan egoísta”. La autoflagelación continua era otra de sus “aficiones”. Demasiada perfección para lo bueno y para lo malo.

Se disculpaba así mismo, recordando todo lo que había hecho por los demás, no siempre reconocido, y que acabó con problemas para su corazón. Pero pasado ya un tiempo, ya recuperado, sentía la necesidad de volver a la urbe, de respirar asfalto, de palpar el sentir de la calle, de incitar a que la gente pensara, reflexionara,…, esa era su pasión el afán de descubrir sitios, gentes, el invitar a todos a no perder sus sueños.

Repentinamente, se levantó de la butaca, sonrió y llamó a su mujer. Ella al verle, también sonrió; conociéndole y viendo la expresión de su rostro sabía que era la señal de su total recuperación. Tomó su mano, le besó en la mejilla y le dijo: “¿Nos vamos?”..., no necesitaron más palabras, su complicidad hizo el resto.

El retorno a su forma de vivir y sentir la vida había comenzado…

 

Javier Estival, aprendiendo cada día...