Amistad

 

Sentada, con las palmas de las manos apoyadas sobre el suelo, con unas gafas de sol cubriendo sus ojos y su mirada perdida en el mar, María contemplaba el adiós del sol y la llegada de la luna.

Recordaba cuando hace dos años en el mismo sitio, al verla contemplar el mar José le preguntó:

-“¿Qué ves?”

-“Agua” le contestó lacónicamente.

-“¿Solo agua?” le replicó José.

Aquel primer encuentro se prolongó durante varias horas y fue el inicio de una gran amistad.

José era una persona tranquila, de unos sesenta años, siempre optimista y con una cálida voz que te envolvía en paz y relajación.

María, insegura y desconfiada, maltratada por una vida nada placentera; aprendió con él a enfrentarse a los problemas, a no darles la espalda, a superarse ante las adversidades y sobre todo a empezar a disfrutar de todo aquello que no nos es visible por la vorágine del día a día. Fue como el padre que quiso tener y que nunca conoció. Fue su confidente, la persona que siempre estuvo para apoyarla, para regalarle una sonrisa en su particular travesía por el desierto.

Pasado un tiempo conoció a Pedro. Fue la guinda del pastel a su buena racha de estabilidad mental. Su corazón volvió a acelerarse y la alegría le invadió de nuevo. Pero su historia de amor fue tan intensa como efímera, tan solo un par de meses duró.

Aquella tarde, acudió a su lugar mágico en el que tantas veces había encontrado el ánimo y el consuelo de José.Su mente viajaba de aquí para allá, del pasado al futuro, del presente vivido y del deseado. Se llenaba de desazón, recordando la noche en la que había puesto fin a su historia con Pedro. Su corazón herido, todavía sangraba.

-“El tiempo lo curará” se decía a sí misma.

El dolor recibido al final había ganado a la pasión del inicio de su aventura.

A pesar de lo ocurrido, esta vez lo afrontaba de otra manera. La misma situación años atrás hubiera desencadenado en un seguro nacimiento del caos. Ya era otra persona, había aprendido a afrontar los golpes de otra forma, a que cada vez que se cierra una puerta, muchas más pueden ser abiertas.

Mientras su mirada seguía imbuida por la grandeza del mar, escuchó las pisadas de alguien acercarse por el camino que daba acceso al punto más alto del pequeño acantilado; acto seguido escuchó:

- “¿Qué ves?”, la voz de José de nuevo fue el aire de tranquilidad que necesitaba; pasados unos segundos contestó

- “Paz, Libertad, Vida, Esperanza,…”.

Se volvió sonriendo, José hizo lo propio y tomó asiento a su lado.Sin hablar, siguieron contemplando el Mediterráneo; y fue de nuevo el mar, el testigo de una relación infranqueable, la de su verdadera amistad…

 

Javier Estival, aprendiendo cada día...