Historias de  la guerra, historia de mi abuelo

 

Nunca olvidaré aquellas tardes de verano en casa de mis abuelos, tumbado en aquel sofá de skay, moviéndome de vez en cuando para no quedarme pegado por el sudor, leyendo mis tebeos de zipi y zape. Y como de vez en cuando, mi abuela Angustias se acercaba con su abanico dando una tregua al calor; pasaba las horas esperando la caída del sol para ir a jugar al patio.

La antigua radio sobre el taquillón ejercía de sempiterna acompañante, si bien, solo las señales horarias de las noticias hacían que la prestase atención por unos segundos.

A veces paraba en mi lectura, levantaba la vista y observaba a mi abuelo Luis, sentado sobre aquella incombustible y gran butaca de madera, con la mirada perdida. Su cigarro se consumía en el cenicero y el permanecía impasible.

Tal vez pensaba en aquel día en que la guerra cambió su vida, cuando junto con su amigo Felipe repartía la comida a los compañeros de trinchera en una gran olla. Pan duro, latas de sardinas en aceite, leche condensada, algún día un poco de arroz,… no era el festín soñado, pero esa pequeña parada suponía el evadirse unos instantes de los gritos, del rugir del motor de los aviones, del silbido de las balas,…, aunque el miedo y la tensión seguían ahí, ésas nunca se iban. La aparente tranquilidad se rompió bruscamente cuando inesperadamente cayó aquella bomba, haciendo que todo saltase por los aires.

Cuando recuperó la conciencia, aturdido y ensangrentado, con restos de metralla por todo su cuerpo, su primera imagen fue la de Felipe, yacía inmóvil en el suelo y ya nunca volvió a despertar. Mi abuelo, después de varios meses en el hospital, ya no volvió a pisar ninguna trinchera jamás.

Tal vez en esas tardes y en sus largos silencios, pensaba en todo aquello y en la fina línea que separa la vida de la muerte.

Cuando finalmente le interrumpía en su viaje al pasado y le preguntaba, “Abuelo, ¿en qué piensas?”, volvía su mirada hacía mí, con aquellos expresivos y claros ojos, y me devolvía siempre una apacible sonrisa. Creo que en cada una de aquellas sonrisas, mi abuelo le daba gracias a la vida por haberle dado una segunda oportunidad.

 

Javier Estival, aprendiendo cada día...