Tiempos de obligada reflexión

La creencia de que vivir en un estado democrático lleva consigo el que cada individuo es libre de pensar por sí mismo y actuar en consecuencia,  es cada vez más una quimera difícil de aceptar. La velocidad con la que todo sucede, es la reina del baile, que de la mano de manipulaciones interesadas ponen música de fondo en forma de titulares que son expulsados como dogmas de fe por consortes que creen de esa forma estar informados, y actúan como meros soldaditos ejecutores de aquellos que desde sus despachos, mientras ríen, engordan aún más sus cuentas corrientes sin importarles que el camino para conseguirlo sea a través de espurios medios. Deciden por nosotros qué y cómo es lo que lo que hay que engullir, deciden qué es lo que no podemos saber.

 

La pausa, el análisis y la reflexión vagan ausentes, pisoteadas por una superflua libertad de expresión que se presupone como algo inherente a un marco democrático. Un segundo de click para un me gusta o compartir algo en las diferentes redes sociales, un “lo han dicho en las noticias” es suficiente para soliviantar almas y corazones y sentirse pleno como ser humano y como buen ciudadano en nuestras sociedades. No hay tiempo para la reflexión, para contrastar noticias, ¿para qué?, podríamos encontrarnos ante el espejo y nos podría decir que a lo mejor estamos equivocados. Pero eso es inaceptable; en una sociedad que cada vez más desde cortas edades marca las cartas de la competitividad y el éxito como valores innegociables, nada mejor que sentirse la estrella del baile aunque solo sea por un segundo, aunque solo sea por vanagloriarse e insuflar el ego de una vacía autocomplacencia siendo el tuerto en un iluso país de las maravillas rodeado de ciegos.

 

Mientras se actúa como soldado raso de un ejército cada vez más mermado de derechos sociales, de derechos como ser humano, los generales no cesan en su empeño de no perder nada en la batalla y señalan los objetivos de forma directa o como distracción, ante cualquier amenaza de ver mermado siquiera una pizca su botín de guerra.

 

A lo mejor, algún día ya no podrás ser ni ese soldadito raso, ya no te quedará nada y pasarás a la invisibilidad, te habrán anulado como persona y tan solo arrastrándote podrás recuperar algunas migajas. En la mano de cada uno está, que el futuro que algunos ya lo tienen escrito pintado solo con los colores de su poder y su dinero, pueda ser cambiado. Como mínimo hay que intentarlo, tú decides.

Javier Estival, aprendiendo cada día...