La rotonda

 

Hace algún tiempo que en mi camino siempre paso por una rotonda y allí está siempre el coche de las dudas sin salir de ella. Algunas veces el atasco hace que no podamos prácticamente movernos, en otras, observo como el coche no para de dar vueltas y no se decide a tomar ninguno de los caminos. He intentado varias veces ayudarle; en algunas ocasiones me dice dónde quiere ir, otras me comenta sus dudas, en otras calla… pero pasa el tiempo y ahí sigue, instalado en su rotonda; no está cómodo, aunque intenta disimularlo. Los demás coches también sufrimos con su indecisión.

Le comentamos que no hay que tener miedo a elegir un camino, que uno se puede equivocar, pero también puede encontrar paisajes ya vividos o nuevos, placenteros o en los que uno se sienta a gusto y en todo caso, al llegar a la siguiente rotonda siempre podrá elegir nuevos caminos.

Las dudas temporales que al final conducen a una decisión, son generalmente sanas y sirven para reflexionar, pensar…; las dudas eternas nos llevan a vivir siempre en la rotonda, en un bucle que no nos va a aportar nada. Ni a uno mismo, ni nuestro entorno.

Y dando vueltas a la rotonda, seguían pasando los días. En esos giros, el coche también miraba al pasado y se preguntaba si el viaje había sido mayoritariamente productivo. Todas las experiencias pasadas entraban a formar parte de la duda presente e inmovilizaban en parte la toma de una decisión.

Cuando uno mira al pasado, tiene que ser para cargar de positivismo el presente y allanar el camino para un mejor futuro. Hay que traer todo lo bueno, aquello que no fue tan bueno pero nos sirvió y nos aportó a nivel personal, que nos dolió pero nos ayudó a conocernos mejor y conocer también a los demás; pensar que si salimos de situaciones no deseadas o dolorosas antes, podemos hacerlo ahora. Otra cuestión son aquellas experiencias del pasado que nos traen negativismo o hacen convulsionar nuestra mente cuando salen de ese cajón en el que permanecen ocultas, y aparecen para golpearnos. En este caso, tenemos que enfrentarnos a ellas, sacarlas definitivamente de nuestras vidas, decirle que no queremos jugar más, olvidarlas definitivamente, o en todo caso que jugarás a las reglas que uno le ponga si son aceptadas por el otro.

Vivir en la rotonda es un bucle engañoso, parece que no pasa nada, que uno no tiene que pensar, que esforzarse, tan solo dejarse llevar, pero está retroalimentando más dudas y daños a la mente y al corazón.

La vida es una sucesión de caminos con algunas rotondas, pero es un viaje con final, por eso no podemos convertirla en una sucesión de rotondas con algunos caminos, porque si no, nos olvidaremos de lo más importante, de vivirla y de disfrutarla.

 

Javier Estival, aprendiendo cada día...