Sueño de realidad

 

Nace un nuevo día, todo parece igual que ayer y lo que es más triste, el mañana se vislumbra igual o peor. Intento quitar este pensamiento de mi cabeza, pero no siempre es fácil. Sobrevivir es mi leiv motiv, comida y agua para mí y mis tres hermanos, Abdalla, Bene y Abebi, es mi único objetivo para hoy. Arrancar una pequeña sonrisa a mi madre, Aminata, enferma de sida, tal vez sea mi única alegría.

La enfermedad avanza, las fuerzas le van abandonando, pero su vitalidad y sus ganas de vivir nos empujan a todos a seguir caminando.

Mi padre, Adama, murió hace unos 3 años asesinado por unos mercenarios a sueldo. La belleza natural de nuestras montañas escondía un tesoro llamado coltán; yo no sabía que mineral era ése, ni porque la gente mataba a inocentes por conseguirlo. Mi padre intentó defender una zona donde había agua todo el año, pagó con su vida. Con el tiempo me enteré que el mineral, objeto de deseo de aquellos hombres armados, se utiliza para fabricar teléfonos móviles ; la gente en los países ricos se “mata” por conseguir uno; para mí y mi familia, con el precio que pagan por algunos de ellos, unos 500 €, nos daría para aliviar nuestra hambre y nuestra sed para varios meses. Aunque la muerte de mi padre ya ha tenido un coste incalculable para nosotros.

Este año, la sequía ha hecho que tenga que caminar, junto con mi hermano Abdalla, todos los días en busca de agua 8 kilómetros hasta un pequeño manantial; mis hermanos y yo construimos un pequeño carro con madera y ruedas de bicicleta para poder transportar las dos garrafas de 10 litros. A dos kilómetros de nuestra aldea dejamos a nuestros dos hermanos pequeños, Bene y Abebi en una pequeña escuela que montaron unos blancos llegados de Europa. Quiero que puedan aprender a leer y escribir, así será más fácil emigrar a la ciudad y conseguir algún trabajo; a la salida de la escuela les dan un pequeño bocadillo, a veces es su única comida del día. Bene ha crecido mucho en el último año, tiene ya ocho años. Abebi está a punto de cumplir los siete, es la única chica; pese a ser la más pequeña, ha heredado la energía de mi madre, no se cansa nunca.

Me han contado amigos que se marcharon a la gran urbe, que cada vez más gente se alimenta buscando entre las montañas de basuras de los estercoleros. Uno de ellos, se cortó con un hierro oxidado y con la infección perdió una pierna, pero yo confío en que mi destino y el de mi familia, será diferente.

A veces hablo con el sol y la luna y llamo a la lluvia, me gusta comunicarme con la naturaleza es la única a la que a veces le confieso mis penas, sueños y frustraciones. Por las tardes me encanta ver los atardeceres y como el sol se va apagando… Nuestros pequeños cultivos de cereales no sé si darán sus frutos este año; nuestras dos cabritas están cada vez más enjutas, intento que cada día tengan un poco de agua y de comida; su leche es fundamental para dar un poco de fuerzas a mi madre y alimentarnos un poco todos. La poca leche que nos sobra, la intento cambiar por un poco de harina y al mezclarla con agua, hacemos una pasta que se llama fufu, que es nuestro principal sustento; nuestro maltratado estómago queda así soliviantado por momentos. Me han contado que hay países que tiran la comida, yo no me lo creo, eso es imposible…

Algunos domingos voy con mis hermanos a una aldea que está a tres kilómetros; tienen una pelota de fútbol y jugamos en una planicie de tierra. El buen momento que pasamos compensa los rasguños y heridas que algunas veces nos hacemos en nuestras piernas y pies descalzos. Cuando empieza a caer el sol, sacan una televisión de una de las cabañas, la conectan a la batería de un viejo coche y vemos ciudades y lugares lejanos, es nuestra forma de viajar a otros mundos.

Un señor que vivió en Europa, nos cuenta lo bien que se vive allí. Me gusta escucharle, pero siempre me pregunto “¿Por qué no se quedó a vivir allí?, ¿Por qué otros que se fueron no han vuelto?, ¿Por qué no podemos tener nosotros algunas de las comodidades que tienen en esos países? ¿todo lo que vemos en la tele es real?...”. No sé si a mis catorce años me hago muchas preguntas o no, pero siento curiosidad y ganas de descubrir otros lugares…, tampoco sé si algún día podré hacer algún viaje.

Los días transcurren como fotocopias de los ya vividos, aunque el estado de mi madre empeora cada vez más. Hay un médico que la visita cada dos semanas, pero carece de medicamentos y los pocos hospitales que hay están llenos. Me niego a que su destino esté escrito. Es curioso, es ella las que nos da fuerzas a todos. Hace unos días, me llamo y me dijo “Addae, como os vea, me veréis”, así que yo y mis hermanos siempre la llenamos de besos y abrazos, ella a cambio nos regala una sonrisa.

Mis padres siempre nos enseñaron a ser positivos, a disfrutar de la amistad, de la naturaleza, de sus olores, del silencio, del viento…, cada vez que tengo pensamientos negativos, pienso en aquellas palabras. Prácticamente no tenemos cosas materiales en nuestras vidas, pero las que disfrutamos, no creo que se pudieran pagar con dinero.

Esta tarde ha venido el médico, nos ha dado malas noticias; no cree que mamá aguante mucho más… Mis hermanos y yo nos hemos abrazado y hemos llorado, pero después hemos secado nuestras lágrimas y hemos entrado a abrazarla. Su sonrisa seguía ahí, y con una voz muy débil nos dijo: “Hijos, tenéis que ser fuertes e intentar disfrutar de la vida”.

Esta noche no podía dormir, no quería soltarle la mano a mi madre; de vez en cuando le acariciaba la cara, comprobaba una vez más asombrado la suavidad de su piel…, sentía su calor y me aseguraba que ella sientiera el mío; fue nuestro último diálogo, sin palabras, en silencio, pero lleno de amor y ternura. El cansancio me pudo y junto a ella, me quedé dormido.

Al despertar, Mamá ya había dejado de respirar, no pudo aguantar más…creo que se fue sin dolor; la llama de su corazón se desvaneció para siempre…

De repente, me desperté sudando, llorando, no entendía nada, no sabía dónde estaba. La persiana no estaba bajada por completo y dejaba entrar algunos rayos de luz. Vi mis posters, algunas de mis copas y medallas, me asomé a un lado de la cama y allí estaban mis pantalones y mi camiseta tirados en el suelo. Al fin, me di cuenta de que había estado soñando, pero lo recordaba todo.

Me puse a pensar en todo lo que había soñado, lo que hacía en mi vida, el poco valor que le daba algunas de las cosas más importantes y lo mucho que se las daba a otras con las que podría vivir sin ellas. Pensaba que el sueño no había sido casualidad, que mi otro yo me había empujado a pensar si la presunta felicidad en la que vivía era cierta, si mis enfados por cosas nimias eran justificados, si sabía realmente el valor del cariño y de la amistad, si valoraba la naturaleza y todo lo que nos regala.

No quería levantarme, quería revivir todo el sueño para recordarlo siempre. Después de más de media hora, me puse una camiseta y unos pantalones y unas zapatillas de deporte. Bajé a la planta baja; mi madre estaba leyendo un libro, mi padre intentando arreglar una vieja radio, los abracé y les di un beso. Sus caras eran una mezcla de sorpresa, alegría e incredulidad.

- "Me voy a correr al parque", les dije.

- "Muy bien", acerté a escuchar a mi madre.

.Acostumbrados a mi mal humor desde por la mañana, no sabían que decir ante esta nueva situación.

- "Luis, hijo, te olvidas el móvil", dijo mi padre cuando ya estaba saliendo de casa

- "Da igual, no lo necesito", le contesté.

Ya en la calle los saludé con la mano, ellos desde la ventana hicieron lo mismo, aunque seguían sin entender nada.

Empecé a correr, mis pisadas parecían flotar entre las hojas secas de otoño, el olor a la tierra húmeda lo percibía como nunca, el viento me abrazaba y parecía querer sumarse a mi nueva vida.

Desde aquel día todo cambió, fui otro; claro que todo hasta hoy no ha sido felicidad, pero los problemas los afrontó de otra forma. Valoro la amistad, la justicia, la sinceridad, el valor de las cosas y de las personas. Muchas veces me acuerdo de Addae, Abdalla, Bene y Abebi, de sus padres, de tantos héroes desconocidos que nos dan una lección de la vida diariamente. Por eso, por ellos, por mí y por los que me rodean, hay que vivir la vida, humanizarla y humanizarse con ella e intentar que las sombras que la acechan nunca apaguen las luces que posee.

 

Javier Estival, aprendiendo cada día...